84 HORAS, 3500 KMS...

La Perra Trujillana
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Este romance relata el importante papel que tiene el perro en estos parajes extremeños. Por ser un animal fiel y leal, se convierte en el compañero inseparable del pastor.
La Perra Trujillana se hizo famosa cuando lleva a su amo, la loba que momentos antes, había robado una cordera del rebaño.

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Estando yo en mi choza,
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas, iban
y la luna rebajada.
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Vi de venir una loba,
derechita de mi majada,
¡Detente loba!¡Detente!
No seas desvergonzada
que tengo siete cachorros,
y una perra trujillana
y el perrito de los hierros
que por los tiempos volaba.
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Siete vueltas dio a la red,
y no pudo sacar nada,
al dar otra media vuelta,
sacó una cordera blanca.
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Aúpa mis siete cachorros
y mi perra trujillana,
que si me la agarráis bien,
la cena tenéis doblada.
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La corrieron siete leguas
por una vega muy llama,
la corrieron otras siete,
entre cerros y vaguadas.
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Al bajar un arroyuelo
la agarró la trujillana.
¡Tómela usted su cordera,
buena y sana como estaba!
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¡Yo no quiero la cordera
que la tienes maltratada,
lo que quiero es tu pelleja,
que la tengo ganada!
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Estando yo en mi choza,
pintando la mi cayada,
las cabrillas altas, iban
y la luna rebajada.
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Trujillo, ciudad cacereña totalmente desconocida por mí hasta entonces, fué parada de obligada visita en mi hoja de ruta.
Tras la obra y el espectáculo de salir de Mérida, llegamos tarde, muy tarde...
Con el humor a medio gas, aparcamos el coche en una de las estrechas y augustas calles.
El silencio reinaba en el pueblo.

La majestuosidad de los edificios que nos rodeaban era sorprendente pero, a esas horas de la madrugada, con el cansancio en el cuerpo y la realidad de saberse desorientadas, lo que nos parecía realmente sublime era; encontrar el hostal donde nos alojaríamos.
Subimos..., bajamos..., una vuelta aquí..., otra por allí...
Ahora que lo recuerdo, no puedo evitar sonreir porque esto de perderse, en nosotras, ya es todo un RITO... Más que perderse es como dar un rodeo, no vayais a creer.
Por fin, tropezamos con él. Difuso, en una de las angostas y laberínticas callejuelas.
Mereció la pena porque, cuando el posadero nos abrió la puerta, la calidez de la estancia nos contagió de optimismo. La quietud de aquel lugar nos llevó a la serenidad, su sosiego invitaba a la calma y así..., llegó el sueño.
Pocas horas después, con la luz de la mañana y la claridad que concede el descanso, paseamos fascinadas por la belleza de los edificios que nos rodeaban; imaginando la historia que debía guardar cada una de sus piedras. Miles de toneladas allí donde mirásemos...
No en vano, Trujillo fué una ciudad de grandes familias, cohesionados gremios de artesanos y, como no, de conocidos conquistadores, entre ellos Francisco Pizarro o Francisco de Orellana.
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El tiempo pasado en Trujillo se hizo mucho más corto de lo que esperábamos. Apenas unas horas y, aún así, ya podíamos sentir la intensidad de cada uno de los momentos hasta entonces vividos. Ahora, imágenes de recuerdos imborrables...