Corazonada

Corazonada
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Mientras caminaba lentamente hacia la puerta de entrada, se sentía agotadoramente cansado. Sus piernas ya no eran las mismas que habían corrido por aquel extenso jardín y, su delicada salud, las hacía temblar ahora con increíble fragilidad. Durante años, se había preguntado hasta cuándo podría cumplir con aquella tradición, y ahora que se acercaba el momento, se sentía fuertemente emocionado.

Aquella casa le traía a su agotada mente, una infancia llena de amor y los recuerdos de todos aquellos que la habitaron y a los que tanto había amado. El resto de la familia le aguardaba en la entrada de la casa, como cuando era niño y, aunque aquello le proporcionaba una gran felicidad, no podía evitar sentirse triste por aquellos que ya no estaban.

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Al llegar al primer piso, comprobó exhausto, que su respiración se había acelerado. Tuvo la sensación de que perdía el conocimiento e hizo una pequeña pausa para recuperarse. La más pequeña de la familia, lo observaba con admirable adoración. Siguió sus primeros pasos de infancia y se detuvo, una vez más, ante la que había sido la habitación de su querida madre. La niña saltó a la cama y ello desató la sonrisa del anciano. Aquello le traía agradables recuerdos.

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Cogió a la pequeña entre sus brazos y echó un último vistazo antes de salir, seguido del mayor de sus cinco hijos. Todos le esperaban abajo, impacientes. Mientras bajaba las escaleras, tenía la sensación de que el tiempo se había detenido en su recuerdo. Todo le resultaba increíblemente familiar, los murmullos y las tenues fragancias del pasado se entremezclaban ahora en su memoria, confundiéndolo con las apariciones de amigos y parientes, vivos y muertos...

Aquella noche, mientras cenaban, todos se sintieron calurosamente acogidos en el seno de su familia. Celebraban la llegada de las fiestas nevideñas, y como todos los años, aquella era una fecha especialmente entrañable.

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Todos se encontraban allí, fieles a la tradición, incluso los espíritus ausentes que asaltaban sus memorias con infinidad de anécdotas e inolvidables recuerdos. No dejaron de reir, aunque en numerosas ocasiones, el silencio se hacía puro, sus corazones latían con inusitada fuerza y, en sus rostros se asomaban lágrimas de increíble nostalgia.

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Su padre, con el desasosiego y tan espantado del sufrimiento de su joven y amada esposa, no dudó en cumplir la promesa que le había jurado. Jamás permitiría que nada malo le ocurriese al pequeño y, si debía elegir, dejaría crecer su amor, compartido en su hijo. El día en que nació, Chris fué el primero en llorar su muerte bajo el regazo de su querida y agotada madre. Aquella misma noche, la de nochebuena, el pequeño recibía su primer regalo. Su madre le entregaba su vida, su ilusión, todo su amor y una sóla lágrima, como si se despidiese con ella, de su pequeño con el que ahora eternamente soñaría...

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Aquel año, no se celebraron las fiestas navideñas. En casa reinaba un silencio desgarrador y, un profundo luto, en los corazones de todos los que la habitaban. Durante largo tiempo, lloraron la insufrible pérdida de la que tanto amaban. Algo dentro de ellos había muerto también y ya nada parecía tener sentido. La magia se había desvanecido y sólo quedaba una promesa y el llanto de un pequeño.

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La infancia de Chris fué, a pesar de todo, bastante feliz. Parecía haber nacido para ello. Los abuelos del niño veían en él, a la hija que habían perdido y, de alguna manera, fué ésto lo que les devolvió la alegría de vivir al poder mantener, junto a ellos, el vivo recuerdo de su pequeña"tormento", como cariñosamente la llamaban. Su pérdida resultó más dramática para el joven padre que, abrumado por la intensidad del cariño que sentía hacia la que había sido su único amor, no encontró mejor camino que dedicarse en cuerpo y alma, al hijo que había nacido fruto del amor que le había entregado su mujer.

No podía defraudarla. Nadie le había dedicado nunca tanta atención y jamás pensó que llegaría a encontrar alguien tan encantadoramente sencilla que, la vida sin ella, no sería vida...

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Chris era un niño afortunado. No había conocido a su madre pero, el amor hacia ella era tan grande en cuantos le rodeaban, que creció con el fuerte sentimiento de que su mamá estaba junto a él, en todo momento. Cada noche, al acostarse, escuchaba con su padre algunas canciones que la joven había grabado algunos días antes de su fallecimiento. No sabía que aquellas iban a tener su utilidad cuando su marido las guardó, como recuerdo de aquellos inolvidables momentos..., ¡la sentía tan llena de vida!, y ahora, mientras la escuchaba, era como si nada hubiese ocurrido.

Soñaba con que la puerta de la habitación del pequeño se abriera y que todo hubiese sido éso, un mal sueño, pero nada le hacía salir de él. Se sentía increíblemente apesadumbrado, exhausto, rendido de cansancio entre los brazos del pequeño.

Con el paso de los años, Chris se convirtió en todo un hombrecito. Demasiado maduro para su edad quizás, una ingénua pero avispada inteligencia y un corazón que desbordaba toda la bondad con la que había sido educado. En casa se respiraba de nuevo la alegría de poder vivir y compartir los sueños junto a aquellos que amaban y así, cada año, la familia del pequeño se reunía, homenajeando la memoria de su madre.

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La habitación permanecía tal y como ella la había dejado. Nada había cambiado, todo seguía igual que la última vez. Sus recuerdos y toda su historia, la de su familia, todos sus sueños se encontraban en aquella habitación. Su madre, él, sus hijos y los hijos de sus hijos, habían pasado gran parte de su infancia en aquel lugar y, sin embargo, aquella, había sido la habitación de ella...

Guardaba un poco de polvo pero poseía un brillo especial, algo que el anciano no alcanzaba a describir. Se sintió increíblemente feliz al tumbarse una vez más, en la que había sido la cama de su madre y, sin embargo, le invadía como cuando era niño, una descorazonada nostalgia cada vez que observaba las fotografías de la que decían era su mamá.

¡Le hubiera gustado tanto poder abrazarla y reir junto a ella...!

Tenía la sensación de que los cojines desprendían todavía su agradable frescor y, le reconfortaba pensar que aquel, era el olor de su madre.

Se sentía relajado, y mientras permanecía tumbado, recordando su pasado, sonriendo para sí como si presintiese lo que iba a ocurrir, miró en derredor y pensó en los presentes, en su mujer, sus hijos, sus nietos y en el increíble número de personas a las que llegaría a echar de menos... Cerró los ojos encharcados en lágrimas y oyó una voz. Era familiar pero extraña al mismo tiempo, de otra época y lugar...

Chris se volvió con una mirada de asombro y descubrió a su madre frente a él...

Era más bella de lo que había imaginado...

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Mónica Rocamora Boschet